viernes, 31 de marzo de 2017

Acá estoy




Estimados Amigos

Hoy 31 de marzo, último día del mes, compartimos con ustedes este ejercicio literario de nuestra amiga Graciela Bonnet. En este momento estamos trasnochados pero sin tomar café. El café, al igual que el azúcar o el pan de trigo-habrá más de uno que dirá que el el gobierno bajó el pan pero ese alguien es una persona que no contabiliza las horas que gastas en colas para compra el pan-, es un lujo en la Venezuela de hoy.

Deseamos disfruten de la entrada.


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Acá estoy, trasnochada pero sin poder dormir. Como me he tomado dos millones de tazas de café en estos días, creo que la cafeína es acumulativa y por más que me acuesto y apago la luz no logro dormirme. Terminé el libro esta tarde. Un coñazo. Mañana iremos a la imprenta a llevarlo. Como siempre, estoy aterrada. Desde que era una niña esta sensación no me abandona y es en todos los ámbitos. Siempre estoy esperando que se descubra que no soy lo que los demás creen. 

Que si sacaste ese libro en tiempo récord, bah si, pero no creas, no fue tanto. Que si te quedó muy bien este postre. No, no, la receta original tiene más canela. Que qué bien que bajaste dos kilos. Pero todavía me faltan otros. 

Te ves bien. ¿Desde cuando no te revisas los lentes?

Y así infinitamente. De modo que mañana llevaremos este libro, pero seguro cuando lo editen caerán miles de demandas porque el libro es una porquería. Divorcio y pérdida de la custodia de las niñas. Nadie me acepta en su casa porque les doy vergüenza. Estoy rodando tierra y sin casa.

Por fin alguien buena gente me acepta de empleada en una charcutería. Haciendo sandwiches pero duro solo una semana porque no soy lo suficientemente rápida. 

Toda esta lista de temores sé que es compartida por mucha gente, claro, no exactamente así, pero es por el estilo de cosas. Es divertido. Me divierto creando situaciones extremas, todo me da miedo, todo es una preocupación.... ya, ya... acude a mi la voz suave de mi abuelo que está tan remoto en la distancia. Eso sí. Creo que el tiempo se va llevando lejos, muy lejos las cosas que alguna vez estuvieron tan cerca. Mi remoto abuelo era maquinista, que es decir, chofer de locomotora. Un gran oficio. Era un hombre calmado, sabio. No se preocupaba nunca por nada. Usaba un traje y un sombrero gris. Cuando lo conocí ya estaba jubilado. Se sentaba a tocar la guitarra en una salita preciosa que tenía en su casa. La casa de mi abuela, volveré a hablar de eso en otra parte. Mi abuelo se recogía los pantalones al sentarse, para que no se le marcaran las rodillas. Cuando uno se preocupaba por algo decía que había muy poco de qué preocuparse realmente. Una cosa a la vez, como los borrachos. Bueno, esto no lo decía mi abuelo, lo digo yo, pero igual es la verdad.


Graciela Bonnet


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Graciela Bonnet


 Nació en Córdoba, Argentina, en 1958. Es Licenciada en Letras por la Universidad Central de Venezuela (1984). Ha trabajado 25 años como correctora de pruebas y supervisora de ediciones por contrato para todas las editoriales venezolanas, entre ellas Monte Avila, Planeta, Biblioteca Ayacucho, ediciones de la Casa de la Poesía, Pomaire, Eclepsidra, Santillana, Editorial Pequeña Venecia, La Liebre Libre. Experiencia de tres años como redactora free lance para una editorial de libros de autoayuda. Escritora fantasma (sin firma) realizó investigaciones para crear libros, novelas, tesis y monografías.Es dibujante amateur. En 1997 el grupo editorial Eclepsidra publicó su poemario "En Caso de que Todo Falle." En 2013 editorial Lector Cómplice editó "Libretas Doradas, Lápices de Carbón" En el año 2000 participó del encuentro de Mujeres Poetas en Cereté, Colombia.






jueves, 30 de marzo de 2017

El éxito de una biblioteca depende en grandísima parte del bibliotecario.

A los bibliotecarios rurales: Una carta de María Moliner.






Estimados Amigos

Hoy es 30 de marzo, cumpleaños de la inolvidable María Moliner. Hace 117 año nació esta portentosa mujer que en soledad pudo elaborar una obra tan duradera como el bronce en el Diccionario de uso del español. Moliner es un ejemplo de empecinamiento creativo que debemos seguir en nuestras empresas. En vida recibió poco reconocimiento ademas de sufrir el desdén olímpico de Real Academia de lengua. Es fue una muestra más de lo inoperativas y prejuiciosas que son algunas instituciones.

Ahora los dejamos para que disfruten de la entrada

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María Moliner, el espíritu de una bibliotecaria comprometida



Por J. Ignacio Bermejo Larrea


La carta a los bibliotecarios rurales que redactó María Moliner y que se publicó en Valencia en 1937 como prólogo a las Instrucciones para el servicio de pequeñas bibliotecas, es una de esas joyas de la literatura que andan escondidas en archivos casi olvidados. Su prosa sencilla y ordenada está llena de la belleza funcionalista que consigue el autor pulcro que no pretende nunca ser artista, pero que escribe a golpe de latido de su corazón, sin mediar artificio alguno y cumpliendo, además, con el precepto sagrado de respetar la inteligencia del lector, aun en los momentos más duros de la vida.




¿Escribió María Moliner esa carta ya en plena guerra civil? ¿La tenía preparada antes de su estallido, como texto pensado para orientar a los bibliotecarios rurales en el marco de las Misiones Pedagógicas que creó la República apenas un mes después de haberse proclamado? El hecho es que aparece en 1937 y, para los lectores de hoy, el contexto de la tragedia nos lleva inevitablemente a dotarla de un valor de especial compromiso.




Cuando el ejército insurrecto del general Franco avanza contra las milicias leales al gobierno legítimo de España, María Moliner —mujer y bibliotecaria valiente— alienta a su pacífica tropa de bibliotecarios rurales para que reafirmen su compromiso con los lectores y con los libros, porque piensa que la locura colectiva que asola a su querida España es fruto de la ignorancia y de la injusticia —también cultural— que discrimina secularmente a gran parte del pueblo. El entusiasmo de su palabra nace del ayuntamiento moral entre la ciencia posible de médico rural que María Moliner aprendió de su padre y la fe en «la capacidad de mejoramiento espiritual de la gente», y su mensaje suena como un emocionante canto de confianza en el ser humano y de esperanza en medio del horror de los horrores, esa guerra absurda y fraticida que desangró a España y que marcó a una y más generaciones de españoles.





María Moliner sufrió la represalia del ostracismo porque se comprometió con la República constitucional, pero su espíritu, como el de todos aquellos que lucharon por una causa justa y perdieron, no ha muerto ni morirá jamás, porque renace en el corazón de cada humilde y pacífico encargado de biblioteca que cumple su misión de ayudar al usuario despistado, o incluso al airado, a encontrar su propio mejoramiento espiritual a través de «esas ventanas maravillosas que son los libros».

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A los bibliotecarios rurales*


Estas Instrucciones van especialmente dirigidas a ayudar en su tarea a los bibliotecarios provistos de poca experiencia y que tienen a su cargo bibliotecas pequeñas y recientes. Porque, si el éxito de una biblioteca depende en grandísima parte del bibliotecario, esto es tanto más verdad cuanto más corta es la historia o tradición de ese establecimiento. En una biblioteca de larga historia, el público ya experimentado, lejos de necesitar estímulos para leer, tiene sus exigencias, y el bibliotecario puede limitarse a satisfacerlas cumpliendo su obligación de una manera casi automática. Pero el encargado de una biblioteca que comienza a vivir ha de hacer una labor mucho más personal, poniendo su alma en ella. No será esto posible sin entusiasmo, y el entusiasmo no nace sino de la fe. El bibliotecario, para poner entusiasmo en su tarea, necesita creer en estas dos cosas: en la capacidad de mejoramiento espiritual de la gente a quien va a servir, y en la eficacia de su propia misión para contribuir a este mejoramiento.




No será buen bibliotecario el individuo que recibe invariablemente al forastero con palabras que tenemos grabadas en el cerebro, a fuerza de oírlas, los que con una misión cultural hemos visitado pueblos españoles: «Mire usted: en este pueblo son muy cerriles: usted hábleles de ir al baile, al fútbol o al cine, pero… ¡A la biblioteca…!».

No, amigos bibliotecarios, no. En vuestro pueblo la gente no es más cerril que en otros pueblos de España ni que en otros pueblos del mundo. Probad a hablarles de cultura y veréis cómo sus ojos se abren y sus cabezas se mueven en un gesto de asentimiento, y cómo invariablemente responden: ¡Eso, eso es lo que nos hace falta: cultura! Ellos presienten, en efecto, que es cultura lo que necesitan, que sin ella no hay posibilidad de liberación efectiva, que sólo ella ha de dotarles de impulso suficiente para incorporarse a la marcha fatal del progreso humano sin riesgo de ser revolcados: sienten también que la cultura que a ellos les está negada es un privilegio más que confiere a ciertas gentes sin ninguna superioridad intrínseca sobre ellos, a veces con un valor moral nulo, una superioridad efectiva en estimación de la sociedad, en posición económica, etcétera. Y se revuelven contra esto que vagamente comprenden pidiendo, cultura, cultura… Pero, claro, si se les pregunta qué es concretamente lo que quieren decir con eso, no saben explicarlo. Y no saben tampoco que el camino de la cultura es áspero, sobre todo cuando para emprenderlo hay que romper con una tradición de abandono conservada por generaciones y generaciones.




Tú, bibliotecario, sí debes saberlo, y debes comprenderles y disculparles y ayudarles. No es extraño que una biblioteca recibida con gran entusiasmo quede al poco tiempo abandonada si se la confía a su propia suerte: no es extraño que el libro cogido con propósito de leerlo se caiga al poco rato de las manos y el lector lo abandone para ir a distraerse con la película a cuya trama su inteligencia se abandona sin esfuerzo. Todo esto ocurre; pero no ocurre sólo en tu pueblo, ni lo hacen sólo tus convecinos; ocurre en todas partes, y ahí radica precisamente tu misión: en conocer los recursos de tu biblioteca y las cualidades de tus lectores de modo que aciertes a poner en sus manos el libro cuya lectura les absorba hasta el punto de hacerles olvidarse de acudir a otra distracción.

La segunda cosa que necesita creer el bibliotecario es en la eficacia de su propia misión. Para valorarla, pensad tan sólo en lo que sería nuestra España si en todas las ciudades, en todos los pueblos, en las aldeas más humildes, hombres y mujeres dedicasen los ratos no ocupados por sus tareas vitales a leer, a asomarse al mundo material y al mundo inmenso del espíritu por esas ventanas maravillosas que son los libros. ¡Tantas son las consecuencias que se adivinan si una tal situación llegase a ser realidad, que no es posible ni empezar a enunciarlas…!

Pues bien: esta es la tarea que se ha impuesto y que está llevando a cabo el Ministerio de Instrucción Pública por medio de su Sección de Bibliotecas y en la que vosotros tenéis una parte esencialísima que realizar.





(*) Prólogo de Instrucciones para el servicio de pequeñas bibliotecas, publicadas en Valencia en 1937, y que redactó María Moliner. Transcrito a partir de la edición de Educación y Biblioteca, n.º 86, p. 18, en el homenaje a María Moliner, 1998.

Fuente:

http://cvc.cervantes.es/lengua/mmoliner/bermejo.htm





miércoles, 29 de marzo de 2017

La Peste







Estimados Amigos

Hoy tenemos el gusto de compartir un texto de nuestro amigo Héctor Seijas que es un inédito en la red. Por eso se publica hoy miércoles en el blog, recuerden que en el pasado el día de los estrenos cinematográficos en Venezuela. Era otra época y otro país.

Deseamos disfruten de esta propuesta literaria.

Atentamente


La gerencia.

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El tema de las ratas y la ciudad asediada por las ratas cautivó mi imaginación y convirtió mi trashumancia urbana en una especie de alerta latente ante la amenaza velada de estos roedores inteligentes y multitudinarios cuyo número supera la suma global de la humanidad. Puedo si lo deseo realizar un recuento de la historia de mi convivencia con las ratas a lo largo de los distintos domicilios. Ahora viene a mi mente la imagen de una rata electrocutada. Estaba trasparentada en su propia y pulida calavera con los dientes todavía aferrados a un cable de alta tensión. Lo había mordido al olisquear el papel que envuelve el centro del cableado. Y el mordisco la había paralizado en una tensión de chispas que la chamuscaron por completo y la dejaron como un peine de huesos limpios y finos. Los colmillitos deben haber crecido uno o dos milímetros después del chispazo fulminante. Sin duda, una muerte digna de una rata. La otra rata que merece un lugar en esta épica alucinante de nuestras vidas con ratas; era una rata gorda y sarnosa. Una rata gorda, sarnosa y anciana que ya había perdido, a causa del peso; la vivacidad y la rapidez pero en cambio parecía poseer una “cierta” sabiduría, antes de proseguir cualquier empresa peligrosa, como todo lo peligroso que nos rodea. Y así uno se acostumbra a pasarla agazapado, orillando la sombra en medio del tráfago de las aceras convulsionadas. Como aquella rata gorda, sarnosa y vieja que ya había recorrido todos los laberintos fangosos y todavía le restaba aliento para salir a la superficie por las noches y encaramarse en mi catre de estudiante. Lo hizo unas dos o tres veces. Y llegó hasta mi vientre y desde allí quiso seguir hasta mi pecho y fue la primera vez que me levanté espantado y la vi en medio de la oscuridad: gorda y anciana. ¿O fue ella quien me miró a mí? Por poco me habla. Casi me habló. Lo que quiero decir es que me miró con sus ojillos de rata corrida en siete cloacas. Una rata de las alcantarillas sobre mi pecho a medianoche mirándome con unos ojillos de vietnamita. Como si hubiera venido desde los remotos albañales a transmitirme una clave o un presagio; pero de tal modo tan enigmático que no terminaba de entender lo que quiso decirme con su mirada de vieja descreída del mundo y los albañales. La segunda vez –creo que fue la segunda–; dentro de mi memoria evaporada de bencedrinas yo estaba comiendo sobre un tablón que había improvisado para que me sirviera de mesa y a la vez de escritorio. Unas lentejas, el alimento anti-literario por excelencia. Las emblemáticas lentejas. Y de pronto siento que algo gordo roza el empeine de mi pie con asquerosa lentitud. Era ella otra vez, lo supe sin  tener que cerciorarme bajando la vista por debajo de la mesa-escritorio, en donde yo conjugaba el oficio de las letras con la asiduidad de una cocinilla eléctrica. Ni me moví. La dejé que se arrastrara y continuara su trayecto. Puesto que no deseaba interrumpir el almuerzo con las ganas de vomitar. Respiré profundo y contuve el asco. No podía darme el lujo de vomitar porque a mis tripas tan solo habían llegado unos pocos gramos de lentejas con arroz, unas dos cucharadas, antes que la rata gorda y anciana se paseara lentamente con su peso de cloaca moribunda. No la volví a ver. Quizá fuera esa la última vez que compartía con un mamífero terrestre como yo, devorador de lentejas y arroz. Me pregunto: ¿Adónde habrá ido a morir esta rata anciana y solitaria, luego de haberse despedido de mí? Seguramente convivía conmigo por debajo del piso, más abajo del friso superficial, y escuchaba mi respiración y adivinaba mis sueños con solo olisquearme desde abajo, desde su guarida silenciosa y oscura. Ella me conocía desde antes y yo la conocí a última hora. Tuve miedo por la posibilidad de contraer la sarna. Incluso pensé en la rabia. En el caso de que me hubiera mordido o rasguñado mientras dormía. Entonces decidí acudir al dispensario, donde un médico con acento andino me dijo que las ratas, todas las ratas provenientes del río San Pedro, estaban sanas. Que no tenía por qué preocuparme y que en todo caso –me recomendaba– hacer como hacían en su pueblo, donde preparaban una especie de cemento con vidrio molido y que tapara cada uno de los orificios por donde podían salir y así, como roen y roen al roer se tragaban las partículas de vidrio y quedaban secas allá dentro de sus agujeros tapiados. Vaya mundo inmundo de las ratas que no sé por qué me ha llamado tanto la atención. Al punto en que los médicos me han diagnosticado delirios zoomórficos, de acuerdo con lo que me explicó y que yo acerté a comprender de las palabras del Doctor Blanco, el jefe psiquiatra encargado de mi caso. Por órdenes expresas del tribunal que me confinó a este sucio manicomio que a veces imagino como una página arrancada de Los miserables, la novela del gran Víctor Hugo. El Doctor Blanco le hace honor a su apellido. Su presencia es tan pulcra que parece sacado de una caja de detergente. Lo concibo como un agente que pugna por la asepsia, a pesar de la amenaza contaminante. Sus blancas manos están como recubiertas por una segunda piel de látex. Los atuendos de médico son tan blancos como los del doctor Kildare. Libra una lucha sin cuartel contra microbios, ácaros, bacterias, hongos microscópicos y virus virulentos, valga la redundancia. Y, por supuesto, contra personas como yo, ante las cuales guarda la debida distancia para no contaminarse ni siquiera con las palabras. Solo hace preguntas. Muy breves y precisas y casi nunca mira de frente, siempre lo hace sin despegar los ojos de la hoja de vida del paciente, como si allí únicamente fuera capaz de anotar con inigualable letra los enigmas del diagnóstico. Por cierto, las pocas palabras que brotan de la boca del Doctor Blanco también son blancas; redondas como píldoras y asépticas. Yo creo que al final el Doctor Blanco también sucumbió a la peste que se propagó por la ciudad y por el interior del país, llegando incluso hasta las selvas recónditas del Orinoco y el Amazonas. La misma fue avanzando lenta, progresiva y subrepticia, mientras la sociedad sucumbía a lo largo de unas cinco décadas que duró la incubación. Presa del delirio provocado por la cultura cavernaria de las minas (petróleo, oro, diamantes, coltrán). Sucedía cada vez que elevaban los precios de alguno de estos minerales, especialmente el petróleo. El país entraba en una especie de convulsión multitudinaria, dionisíaca, sufragada con petrodólares. Comenzaban a llegar mercancías al país, por tierra, mar y aire. Así como llegaban las mercancías (y las putas y la caña y la droga) a cualquier mina en cualquier parte del mundo. Pero el Doctor Blanco permanecía suspendido, ajeno, dentro de un frasco de formol evaporado. Y no era para menos, tener que ocuparse de una población de locos que superaba las tres mil personas, dispersas en varios manicomios a los cuales acudía el Doctor Blanco, cabalgando horarios y haciendo de tripas corazones. No se puede negar, hay que haber nacido con vocación para soportar a los semejantes que como yo hemos caído por debajo de lo normal, por debajo de lo más bajo, por debajo de nosotros mismos, en un mundo de oscuridad y a plena luz del día. Le pregunto al Doctor Blanco ¿Si es posible que me cure definitivamente? Durante la sesión de psicoterapia semanal que debo cumplir para superar los rigores de este último brote esquizofrénico. Pero el Doctor Blanco únicamente garrapatea en su expediente enigmático y yo estoy del otro lado de su escritorio como si estuviera del otro lado de la luna ¿Y quién se va a poner a conversar con un loco? A menos que la persona también esté loca o sea tan ingenua para enredarse en un palabreo con un loco. Se los advierto. Si es que desean continuar escuchando el relato de esta historia contada por un idiota, como diría William Shakespeare. Por un loco. Es decir, el relato de una historia reciente que concierne a mi país y a los míos y a los que no son los míos y a los vivos y a los que ya están muertos. Pero, se los repito, narrada por un loco. Que soy yo mismo. Aunque a veces también soy otros. Y como uno nunca sabe como comenzar esta clase de historias y mucho menos darle una forma a priori; porque se trata de una historia referida a un país en plena ebullición caótica; he pensado que la mejor manera de resolver este asunto de un modo que no sea literario, ni  mucho menos fastidioso, consiste en ir escribiendo como si estuviera comenzando y a la vez terminando algo. Un presente continúo como la música. Y es que cuando escribo mis ideas comienzan a enfilarse como hormigas dentro de un bosque bien tupido. Poco a poco forman tropas y filas y penetran el bosque donde florecen las orquídeas, las amapolas y las serpientes verdes y amarillas cuelgan de los arbustos. Así es mi mente a veces. Otras es un acantilado y otras un abismo de Prozac. Pero cuando escribo, cuando logro hacerlo en los récipes desechos, experimento rasgaduras de la luz en mi interior que me permiten observar el mundo de los humanos como si se tratara del mundo de las ratas. Es decir, el inframundo humano. Y cuyo anónimo escenario es la ciudad completa y el país completo que miro alrededor, desde mi guarida roída de ideas y pensamientos. En un país lleno de locos. Y de ratas. A veces me pregunto ¿Si será posible aislar la locura en un microscopio y analizarla como se hace con una bacteria o con un gonococo? En una ocasión logré formularle esta pregunta al Doctor Blanco (ese día mi lengua tenía algo de flexibilidad) y lo único que acertó a decirme fue que en todo caso la demencia no era como un tumor o una úlcera que podía verse con rayos x ¿Y entonces como podía probar ante los tribunales que no estaba loco si ni siquiera poseía una radiografía de mi alma? Imposible. Todo dependía de los informes que eran tramitados directamente desde el manicomio al juzgado. No tenía otra salida sino aferrarme a los papeles garabateados con angustia a cualquier hora sin que se notara la rareza de mi ocupación –entre tantos personajes que me rodeaban– cada uno poseído por un tics o por una apariencia grotesca. Como el loco Cabecita, que era microcéfalo, había nacido con la cabeza tan pequeña en relación con su cuerpo robusto. No sé si Cabecita en realidad estaba loco o era que lo habían encerrado al igual que a la mayoría de nosotros por presentar una anomalía que podía infundir temor o peligro a la familia y la sociedad. Y en su caso se trataba de su pequeña cabeza. La gente que no estaba acostumbrada a verlo se sorprendía y luego se asustaba hasta que alguien le calmaba y le decía que no se preocupara que Cabecita era totalmente inofensivo, que no hacía daño y que incluso era de los pacientes más destacados en las labores agrícolas que se realizaban en las adyacencias de los pabellones. Puede decirse que esta ha sido mi cartografía psicodélica. Eso sí, con sus respectivas pausas de libertad condicionada, lo que yo equiparo a las salidas de Alonso Quijano, alias El Quijote

domingo, 26 de marzo de 2017

De cómo me enteré de la existencia de un círculo secreto de escritores fantásticos venezolanos y de sus mimetizados lectores.







Estimados Amigos

Hoy es domingo, el día del suplemento infantil en el periódico y por esta razón compartimos este festivo acercamiento al que hace el escritor Guillermo Moreno al ensayo de Richard Montenegro “La Extraordinaria historia de la literatura fantástica en Venezuela” publicado en la revista Tiempos Oscuros Número 8. Revista elaborada por la dupla dorada Ricardo Acevedo Esplugas Carmen Rosa Signes Urrea

Deseamos disfruten de la entrada y que descarguen la Revista Tiempos Oscuros número 8 dedicada a la literatura fantástica venezolana.


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Guillermo Moreno



Nunca fui —y creo que en estos momentos no lo soy y no lo seré— buen jugador de pelotica de gomas, futbol, básquetbol y cualquier otra actividad que uno de joven realizará al aire libre. Dada esa característica, yo tendía a pasar mí tiempo, cuando no era rechazado a la hora de conformar los equipos para jugar pelotica de goma, viendo TV o leyendo. Esta última actividad se me dio siempre muy bien — a pesar de que aprendí a leer cuando la mayoría de las personas normales, grises y comunes aprenden a leer—  pues mi madre es educadora, por lo tanto, nuestra biblioteca era extensa, aunque escasa en lo referente a textos literarios.

Ricardo Acevedo Esplugas Carmen Rosa Signes Urrea. Directores de la la revista Tiempos Oscuros

Me encontré en su momento, siendo un niño que estaba en tercero o cuarto grado de educación básica, leyendo las enciclopedias de de 5to y 6to grado. Gracias a ello me enamore de las ciencias sociales, la historia y la literatura.



En búsqueda del último amor me embarqué a las profundidades de la biblioteca de mis padres, donde encontré un volumen de las Mil y una noches, que solía leer a escondidas, porque tenía imágenes subidas de tono… ¡Oh! ¡Sett Zobeida!, y la Docta Simpatía. Y otras que me espantaban, la imagen del gigante de negro que empalaba y devoraba a los hombres de Simbad, el marino, no era muy agradable a la vista. Otro libro que devoré con ahincó fue la Biblia. El antiguo testamento estaba lleno de imágenes interesantes. El Éxodo, Los Jueces luchando contra los cananitas, moabitas y amorritas. Sansón y Dalila, David y Goliat. El pobre Job, Jeremías, Ezequiel e Isaías… y si hablamos del nuevo testamento el Libro del Apocalipsis con sus imágenes tan perturbadores, inquietantes como atrayentes.  Como sea, más que un texto doctrinario, el Santo Libro fue para mí un catalizador para mi imaginación.



Y así, las cosas fueron sucediendo hasta que llegando a mi adolescencia descubrí cuatro cosas que cambiarían mis percepciones:

 1) La Odisea y la Ilíada. 

2) La existencia de la biblioteca Don Luis y Misia Virginia en Guatire

3) Que con una tarjeta podías sacar libros de la biblioteca por un mes 

4) una amiga me enseñó una novela titulada El Cantico de los Saurios de Jeff Grubb y Kate Novak

Luego me prestaría una titulada El Legado, de R.A Salvatore. Ese número de préstamos aumentaría, hasta que decidió no facilitarme más textos porque yo corría el riesgo de perder varias materias.



Esta última situación me obligó a dos cosas: 1) conseguir mis propios textos y 2) ponerme a escribir. Y sí, claro, aprobar las materias… ¡Que las 3 Marías ( en Venezuela son Físca, Química y Matemática) y Dibujo Técnico fueron mi tormento, curiosamente una María también me atormenta, pero de buena gana!



 La mayoría de mis escritos pertenecían al género que hoy se denomina Fantasía Medieval, y que yo conocía como Fantasía Épica. También escribí algunos de Espada y Brujería, e intente con el terror. Recuerdo un cuento, tétrico, donde un alumno mata a un profesor y luego se suicida; y otro donde trataba de emular a Oscar Wilde.  

Oscar Wilde

En fin, que esto se está haciendo largo, lo cierto es que escribí mucho, y cuando en casa compramos el primer ordenador escribí más. Practique tanto que, me jactó al menos entre mis familiares, de ser el que más rápido mecanografía. Esta nueva fase seria alentada por el descubrimiento del internet. Encontré allí las listas de correo yahooNeraka y Qualinost sería mi casa y una suerte de escuelita—, páginas y foros donde había concursos de escrituras —El Orbe de los Dragones y Los Premios Encrucijada—, otros sitios donde te leían y te comentaban. Otros lectores que discutían las novelas que habían leído. Durante mucho tiempo estuve informado, e hice muy buenos amigos…. Todo suena bien, salvo por una cosa: Todos esos amigos eran de otros Estados. La mayoría españoles, mexicanos y argentino ¿Y los venezolanos? Pues brillaban por su ausencia. Para mí la literatura fantástica y de ciencia ficción nacional no existía. Tenía la impresión, errada sin duda, que toda expresión artística venezolana o era comercial o iba por los derroteros de la crítica social. Hasta ahora, la TV no me había demostrado lo contrario.

Conocería, a escritores venezolanos entrados el siglo XXI —aunque no descartó que conociera a paisanos en los otros foros, pero como uno no anda preguntando nacionalidades, siempre me ha parecido feo— creo que el contacto más memorable  fue con Vladimir Vásquez y su blog.

Vladimir Vásquez

Si han llegado hasta aquí, se preguntaran sobre ¿El por qué de tan pretencioso preámbulo? La respuesta es sencilla, pues todas estas suposiciones que estoy planteando aquí se vinieron abajo, de forma paulatina. Resulta ser que sí hay un círculo movido de escritores y lectores de fantasía venezolanos. Gente que ha aportado mucho al género aquí y fuera de nuestra tierra, que son poco conocidos por eso de que “uno no es profeta en su tierra”. Y, porque sin duda, soy una suerte de ermitaño… pero lo que tambaleó con mayor fuerza mis percepciones y prejuicios fue el ensayo titulado “La Extraordinaria historia de la literatura fantástica en Venezuela” del autor  Richard Montenegro. Este texto fue publicado en la revista Tiempos Oscuros Nº 8 dedicado al panorama literario venezolano, al menos este número.



En este ensayo, el Señor Montenegro se embarca en una tarea interesante: hacer un recorrido cronológico de la evolución de la literatura fantástica, de ciencia ficción y ciencia fantástica en Venezuela. Para esta tarea titánica partirá desde varias categoría, entre ellas: el tiempo, donde tratara de determinar ¿Cuál fue la obra más vieja de ciencia ficción o fantasía escrita por un venezolano? Pero también ¿Cuál es la más vieja ambientada en Venezuela? La otra variable será el escenario ¿Qué obras, sin importar el autor, está ambientada en Venezuela? Y el autor ¿Cuáles obras, sin importar donde y cuando estén ambientadas, fueron escritas por venezolanos? Déjenme decirle, que el ensayo barrió el piso con mis preconcepciones.



Resulta que Venezuela tiene una tradición de literatura fantástica y de ciencia ficción muy vieja y rica. Que muchos autores han aprovechado, y aprovechan, a Venezuela como escenario; en este punto se puede observar una transición un poco desagradable, pues pasamos de ser un mundo desconocido —gracias a las selvas densas que tenemos— a un sitio donde cualquier pillo, o inculpado, puede escapar para esconderse. El autor señala series de anime como Black Lagoon, y a mí me viene a la mente la segunda temporada de True Detective.  


También me percaté que existe una generación que en su momento se esforzó por mantener viva la antorcha y el amor por la ciencia ficción, y que esta gente venía del mejor sitio del universo: La Academia (Estoy haciendo alusión tanto a la USB como a la UCV, esta ultima mi Alma Mater) en fin, que esa idea que quien les escribe tenia, donde esto era un erial literario era puro error.



Gracias al trabajo del señor Richard, y a esta revista, he descubierto una historia interesante, y un legado —muy faramallero yo— que perfectamente puedo reclamar y del cual puedo sentirme participe.




A su vez, debo decir que este es un texto interesante que vale la pena leer. Es ameno, educativo y envolvente. Aclaró muchas de mis inquietudes, a la par que generó otras tales como  ¿Qué le espera a la literatura fantástica y de ciencia ficción en Venezuela? ¿Cómo ha afectado el contexto histórico y político a la literatura de fantasía y ciencia ficción? Al margen de eso ¿Cuáles subcorrientes de la fantasía y ciencia ficción son más atractivas para el escritor y lector venezolano? ¿Tenemos futuro aquellos que nos gustan la Espada y Brujería, y la fantasía medieval? ¿Cómo será un elfo, enano, mediano y orco caraqueño? Uyyy ya se me fundió el coco.



Por último, no me queda más que recomendar este ensayo, si quieres conocer el “Estado del Arte” en Venezuela, al margen de tu nacionalidad y origen,  la rica historia — ¡Vaya que es rica!— de la literatura no convencional en este país de las maravillas; el ensayo de Richard Montenegro no tiene perdida. Es, como diría un profesor que tuve en pregrado: ¡puro lomito, y sin el grasero!

¿Todo fue bueno? Lo único malo que le encontré al ensayo fue la maquetación. Vamos, leer un texto en doble columna resultó molesto y muy lento. Especialmente para quien, como yo, lo hizo en un dispositivo electrónico. De paso, este texto es ambrosia literaria que me ha llenado de esperanza, ojala nuestra literatura en este género siga creciendo… y quiera la Diosa Fortuna —Señora de nosotros los politólogos— que algún día el panorama editorial cambie, y se pueda ver en cualquier tienda textos de diversos géneros escritos por venezolanos, pero en especial fantasía y ciencia ficción— Sin importar las pretensiones o si es puro y sucio escapismo— y menos autoayuda, menos bestseller de autores extranjeros y otros textos de señoras que sin bien estar de muy buen ver, son colirio para los ojos, me parece una pérdida de papel —y es una opinión personal de la cual este blog no se hace responsable— los textos “escritos por ellas”.


En conclusión: La Extraordinaria historia de la literatura fantástica en Venezuela, es una lectura obligatoria, que no tiene desperdicio y que vale la pena degustar. 




Guillermo J. Moreno R.

Especialista en Derecho y Política Internacional de la UCV.  Amante de la literatura, especialmente la fantástica. Aficionado a maltratar teclados y disparar relatos. Bloguero a medio tiempo y reseñador pretencioso de oficio. Autor del blog Antesala al Portal Oscuro. He trabajado con páginas de fanfiction como Action Tales y Blogs como La Cueva del Lobo,  y LosForjadores, también participe  en las Antología Action Tales, Western Tales  de la Editorial española Dlorean.   Participó en el primer concurso  Venezolano de Literatura Fantástica y Ciencia Ficción: Solsticios del 2014, en la categoría Fantasía, donde obtuvo mención honorifica con el relato La Soldada. 


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Richard MontenegroPerteneció a la redacción de las revistas Nostromo y Ojos de perro azul; también fue parte de la plantilla de la revista universitaria de cultura Zona Tórrida de la Universidad de Carabobo. Es colaborador del blog del Grupo Li Po: http://grupolipo.blogspot.com/. Es autor del libro 13 fábulas y otros relatos, publicado por la editorial El Perro y la Rana en 2007 y 2008; es coautor de Antología terrorista del Grupo Li Po publicada por la misma editorial en 2008 , en 2014 del ebook Mundos: Dos años de Ficción Científica y en 2015 del ebook Tres años caminando juntos ambos libros editados por el Portal Ficción Científica. Sus crónicas y relatos han aparecido en publicaciones periódicas venezolanas tales como: el semanario Tiempo Universitario de la Universidad de Carabobo, la revista Letra Inversa del diario Notitarde, El Venezolano, Diario de Guayana y en el diario Ultimas Noticias Gran Valencia; en las revistas electrónicas hispanas Alfa Eridiani, Valinor y Gibralfaro, Revista de Creación Literaria y de Humanidades de la Universidad de Málaga y en portales o páginas web como la española Ficción Científica, la venezolana-argentina Escribarte y la colombiana Cosmocápsula.