domingo, 18 de febrero de 2018

“CÓMO LEER LA POESÍA”: HANNI OSSOTT.



HANNI OSSOTT.. Foto: Vasco Szinetar


Crónicas del Olvido


**Alberto Hernández**



1.-

Soy de los que subraya los libros. Leo sobre líneas de grafito o de bolígrafo. Cuando hago eso me acerco a Ludovico Silva y lo miro mientras con su letra filosófica y menuda reconoce lo que le llama la atención y se queda con los ojos puestos en un vaso, en un jarrón, en la cara perdida de algún presocrático o en los pases ladeados de Michael Jackson. Y entonces traza una raya y se delata con un comentario al lado. 


Ludovico Silva

Digo esto porque tengo algunos libros de Ludo que llegaron a mí y los conservo con mucho afecto. Veo su letra hormigueando en las páginas: textos en latín o griego. 




Y me apresuro a jugar con esa manía, toda vez que tengo en mis manos a Hanni Ossot (siempre está cerca) con su libro “Cómo leer la poesía” (Ensayos sobre literatura y arte), editado por comala. com, Caracas 2002), porque igual que el autor de “Ópera Poética” he subrayado éste de Hanni con el regusto de sacarle todo lo que pueda a sus deslumbrantes ideas. A sus hallazgos verbales, a su sabiduría. El gozo en la lectura tiene en este libro espacio para enarbolar todos los adjetivos, pero sólo me valdré de la admiración para decir y hasta para contradecirme, que también es válido.

Yo creo que nadie sabe leer poesía. Ella nos lee. La poesía se “lee” desde la imposibilidad de creer que se lee poesía. Porque nadie sabe qué es la poesía. No se trata de un género, de una mujer desnuda, de un disparo en la sien, de unos pasos perdidos, de un libro de versos, de poemas. La poesía es, nada más. Está allí, como un cuadro que uno figura y reinventa. Como un viaje en avión entre las nubes.

Sin embargo, alguien podría preguntar ¿entonces, realmente, qué es la poesía si no sabemos qué es?

La poesía no es. Y es mejor que sea así, para que continúe el misterio y los Octavio Paz y demás teóricos, brillantes o no, sigan modulando la sintaxis o cargándole avisos y consignas a ese devaneo, a esa porfía por escribir más allá de lo posible.

2.-

Pero entonces me contradigo, porque Hanni Ossott nos conduce por unas páginas con la intención de hacernos ver “Cómo leer la poesía”. No dice cómo leer poesía, sino la poesía, lo que hace que el lector se encapriche con ese artículo y comience a formularse preguntas. ¿Por qué “la” poesía? Y ¿no por qué leer poesía? Podría parecer pérdida de tiempo, pero (siempre el pero ese) me detengo un poco y me digo: es que la poesía es una cosa y poesía otra cosa. ¿Será así?




Sí, la poesía es otra cosa. Es la poesía, la que se puede “leer” desde la incertidumbre, desde los temas que favorecen su aparición. ¿Qué le hace decir a un hombre “El otro que lleva mi nombre/ ha comenzado a desconocerme”. ¿Tenía Juarroz certeza de que la poesía lo tenía acorralado entre un “la” y un sustantivo? El espíritu de las palabras nos ahorra la explicación: la poesía es un secreto, como destacó María Fernanda Palacios en el prólogo del libro de Ossott. Y todo secreto esconde un misterio. Entonces, ¿cómo leerlo, cómo descifrarlo?

Nuestra autora vive ese misterio, vive un secreto como todo artista vive uno: saber que a “la” poesía no se le aporta nada definiéndola. Y poesía es una generalidad que podría sustanciarse con el borde de un objeto. O con las mareas.




3.-

Más allá de todo lo anterior y sus contradicciones, que podrían ser discutidas por otros autores, me quito el lazo y me voy al libro de Hanni Ossott. Ella, con una naturalidad que sorprende, nos enseña cómo abordar ese misterio, esa “herramienta” del alma que resume el alma misma. 

Varios son los puntos que desarrolla. Desde Poesía y muerte hasta Memoria de una poética, sus páginas desbordan ideas que nos acercan al evento de lectura: estar en poesía a través de su desentrañamiento: desde Rilke, su mentor, Ossott recurre a los temas más frecuentes en literatura, y para ello ensayó con esa sombra que persigue la conciencia humana: la muerte. 

“Una de las rocas sobre las que se asienta la poesía es el sentido de la muerte (…) Por ello en la poesía rara vez se habla de éxitos y sí de precariedad, de pobreza (…) Los poetas no celebran en modo alguno. La disolución, lo efímero les concierne”. 

Desde esta perspectiva, podríamos asimilar que la poesía es lo efímero, la disolución. Es decir, la poesía (la) es la que dice la muerte. El resumen de lo que se pronuncia desde lo más íntimo. Sólo para afirmar que poesía (sin la) es la presencia omniabarcante del término. 

¿Otra contradicción? Qué bueno. 

Y es tanta, que nuestra ensayista y poeta afirma de un tirón que “El arte no es necesariamente sano”. De modo que podríamos definir a la poesía como una patología, una enfermedad duradera. Y si el arte no es “necesariamente sano” es porque es necesariamente enfermo.

Palabra abismal, insondable, no cabe duda de que la poesía se revela contra ella misma y confirma que es una traducción de los sobresaltos o quietudes humanas. 

Me pongo en duda.


Foto tomada de aquí


4.-

¿Cómo leer un poema desde la muerte? Tema al fin de los creadores, la muerte es un vacío y allí se acomoda la poesía para construir una poética: es decir, su existencia como pretexto. La poesía es antes de la escritura. Ningún esfuerzo para reconocer que esto ya se había dicho antes. Nuestra autora más adelante dice:

“La literatura es cuerpo, carnalidad vuelta alma y espíritu”, antes que palabra. El espíritu anuncia el viaje, los sonidos que se convertirán en “poesía”, con razón Ossott invoca a Jung en este epígrafe: “La cuestión de lo que pueda ser el arte en sí mismo no puede ser respondida por el psicólogo…”.

Y luego, páginas más tarde: “Cuando Heidegger señalaba que “lo que dicen los poetas es instauración”, no está mostrando a la poesía como un medio capaz de arraigar al hombre a la tierra y de otorgarle un sentido a la existencia”. Es decir, la poesía es una necesidad. Por ese tamiz pasan Hölderlin, Nietszche, Rilke, Schon, quienes podrían ser ubicados en esa “Memoria de una poética” y los objetivos de estas afirmaciones:

“La luz de la conciencia organiza ese material psíquico en lenguaje”.

(***)

“Hay mucho material poético que perdemos en el vivir”

(***)

“Hay quienes opinan que se nace poeta. No estoy segura de se prejuicio. He tratado de enseñar poesía. Y he recibido contactos reveladores. Tampoco se nace para el amor, se es seducido. En la poesía hay rapto. No violación sino lenta seducción. La lentitud para el mirar y el contemplar. La lentitud para ofrendarse a la palabra del poeta. A sus bellezas. La lentitud para entregarse al eros de la poesía, que no es tiempo sino duración, un instante irreal que se prolonga en la carne y en el alma como una maravilla”

(***)

“La muerte nos relaciona con el sentir de la nada. Ella rebaja al ego, ella nos humaniza y hace de nosotros ser tierra. Creo que la muerte debe ser experimentada como fracaso”.




5.-

Finalmente, ¿cómo leer la poesía? 

Que nos lea ella. Que sea ella la lectora.

Que nos contradiga. Que nos confunda. Que nos oscurezca e ilumine.

Que nos subraye.

Que nos desaparezca.

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Para cerrar nos daremos el gusto de compartir con ustedes una entrevista que le realizó Rafael Arráiz Lucca a Hanni Ossot y que Letra Muerta tuvo la genial idea de compartir en Youtube. Nosotros seguimos la iniciativa y la compartimos con todos nuestros lectores en Ivoox. El archivo podrá escucharse online y descargarse en mp3 para escucharlo cuando mejor les parezca. Solo la redundancia de información permitirá que esta sobreviva, dada la costumbre de nuestros "líderes" de arrasar con nuestra memoria.




Pueden escucharla directamente en Youtube si gustan. Esperamos que con nuestro aporte este audio supere el millar de vistas. Aunque esta es una petición muy optimista. El audio original hasta la fecha de hoy 20 de Febrero de 2017 solo tiene 122 visualizaciones. Solo estar consciente de este número puede decirnos mucho de la vida cultural venezolana.



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Alberto Hernández

Nació en Calabozo, estado Guárico, el 25 de octubre de 1952. Poeta, narrador y periodista. Se desempeña como secretario de redacción del diario “El Periodiquito” de la ciudad de Maracay, estado Aragua. 

Fundador de la revista literaria Umbra, es miembro del consejo editorial de la revista Poesía de la Universidad de Carabobo y colaborador de publicaciones locales y  extranjeras. Su obra literaria ha sido reconocida en importantes concursos nacionales. En el año 2000 recibió el Premio “Juan Beroes” por toda su obra literaria.

Ha publicado los poemarios La mofa del musgo (1980), Amazonia (1981), Última instancia (1989), Párpado de insolación (1989), Ojos de afuera (1989), Bestias de superficie (1993), Nortes (1994) e Intentos y el exilio (1996). Además ha publicado el ensayo Nueva crítica de teatro venezolano (1981), el libro de cuentos Fragmentos de la misma memoria (1994) y el libro de crónicas Valles de Aragua, la comarca visible (1999).  Recientemente ha publicado «Poética del desatino» y «El sollozo absurdo».


miércoles, 14 de febrero de 2018

Matando a tu famoso detective.






Hoy es un placer traerles este breve texto del escritor y periodista Juan José Millás. En concreto la parte final de un pequeño y delicioso ensayo titulado: Introducción a la novela policíaca, que sirvió como introducción a la antología de cuentos de Edgar Allan Poe: El escarabajo de oro y otros cuentos, que reúne tres cuentos (de los cuatro) que Poe escribió para crear la moderna novela policiaca. Todos protagonizados por su investigador C. Auguste Dupin salvo el primero: “El escarabajo de oro” (The Gold Bug, 1843), “Los crímenes de la Rue Morgue” (The Murders in the Rue Morgue, 1841) y “El misterio de Marie Rogêt” (The Mystery of Marie Rogêt, 1845). No se incluyó “La carta robada” (The Purloined letter, 1844). Hablo como no, de la colección Tus libros de Ediciones Generales Anaya,  colección que arrancó su singladura precisamente con este libro, siendo la primera edición de octubre de 1981.

Tengo el mejor recuerdo de la colección Tus Libros de Anaya. Sus volúmenes eran garantía de calidad, no pocos clásicos he leído en sus páginas. A mis tiernos  trece años era autodidacta forzado en la literatura, fueron sus tremendos ensayos en forma de prólogo o de apéndice los que me permitieron bucear entre tanta oferta y conocer lo mejor de lo mejor. Aún hoy, Tus Libros sigue siendo para mí un gran prescriptor. Cuando se llega a los cincuenta, nada te importan las etiquetas, ya sea de literatura juvenil o la inventada por el corpúsculo bien pensante del lustro. Para mí, si un libro encontró cobijo en esta colección tiene salvoconducto hasta la cabecera de mi columna de lecturas pendientes. Algún día resarciré mi deuda con esta colección con un homenaje en condiciones. Pero eso será otro día.

Hoy toca hablar de grandes autores de género policiaco que llegaron a matar a su criatura de ficción, cuando su fama sobrepasó la propia. Es decir hablamos de egos, y de como el éxito comercial no es suficiente para aplacar los celos artísticos. Llega un momento que el dinero no es suficiente. Maslow y su pirámide lo sabían bien, las necesidades humanas son mezquinas, una vez cubiertas unas, aparecen otras. Y el ego, sobre todo el ego, nunca tiene bastante, es una máquina de fagocitar. El ego fue el causante que Simon and Garfunkel se separaran. Según reconoció el propio Simon no pudo superar la envidia que le producía, ver el efecto que causaba entre las jóvenes fans de buen ver la interpretación de Garfunkel de las canciones compuestas por él mismo.  


 The Sound of silence(1964)

Varios de los más granados autores del género policiaco clásico mataron a sus creaciones. No voy a adelantar nada más, Juan José Millás lo explica perfectamente, no quiero privarles del placer de leer sus palabras.

Pero no acabo aquí. Hablamos de 1981, internet no era lo que es, y la información no era tan fácil de adquirir como ahora puede parecernos. Lo que en estos días se tarda segundos en descubrir, a principios de los ochentas podían ser horas, o días si no se disponía de la obras adecuadas en casa.  Y aunque no me cabe duda que Juan José Millás es un experto sobre el género policiaco y su ensayo sigue siendo una guía válida para introducirse en este género; en 1981 de Sherlock Holmes sabía lo justo y gracias. Extraído del artículo que nos ocupa:

“… Ha tenido innumerables biógrafos y, si hiciésemos una encuesta, muchas personas sabrían decirnos algo de su vida, aunque desconocieran por completo la personalidad de su creador, Conan Doyle.

         Vivía Sherlock Holmes con el doctor Watson en el 221 de Baker Street; había nacido el 6 de enero de 1854 y llegó a ser Caballero de la Legión de Honor. Con Holmes el detective se humaniza sin que por eso pierda un ápice del carácter analítico de que hacen gala estos investigadores. A lo largo de los relatos en los que aparece nos es posible ver algunos de los rasgos más característicos de su personalidad, como su manía por el orden, puestos de manifiesto en las escenas de vida cotidiana a las que Conan Doyle nos permite asistir. …”

Todos los carteros londinenses, aún hoy día, saben que Sherlock vive en el 221B de Baker Street no en el 221, pero como ya avisé son minúsculos errores que internet hubiera subsanado en décimas de segundo.

Parece sorprendente que se tilde de maníaco del orden a Sherlock, cuando es todo lo contrario. Sin duda, siempre hay orden en su desorden, pero esa característica está muy alejada de lo que entendemos por un maníaco del orden. Sin duda hay otros rasgos más característicos de su personalidad que su orden: fumar en pipa para pensar mejor, sus adicciones a sustancias psicotrópicas, o su respeto a la reina incrustado a balazos  en la pared de la vivienda.

Pero es el propio Watson al inicio de “El Ritual de los Musgrave” (The Musgrave Ritual, mayo 1893) el que comenta:

“… Una noche de invierno, sentados los dos frente al fuego, me aventuré a sugerirle que, en vista de que ya había acabado de pegar recortes en su libro de noticias, bien podía emplear las dos horas siguientes en hacer un poco más habitable nuestra habitación. No pudo negar la justicia de mi petición y, con cara un tanto severa, se fue a su dormitorio. …”
Que obviamente no se le puede objetar a un maniaco del orden.

Es cierto que Sherlock tiene muchos biógrafos que nos han creado falsas ideas sobre Sherlock Holmes. El más importante de estos falsos biógrafos (cabe recordar que Sherlock es un personaje ficticio) es William S. Baring-Gould que en su obra de 1962, Sherlock Holmes de Baker Street (Sherlock Holmes of Baker Sreet: A Life of the World’s First Consulting Detective). Baring-Gould crea sin soporte alguno, todos los datos que considera necesarios, para crear una biografía coherente a su criterio, partiendo de lo narrado por Doyle. Y una de las más sangrantes creaciones infundadas de Baring-Gould es la fecha de nacimiento de Sherlock.

El canon es el conjunto de obras escritas por Arthur Conan Doyle sobre Sherlock Holmes: hablamos de 56 relatos y 4 novelas, ninguna de ellas cita la fecha de nacimiento de Sherlock.

Existen muchos más errores como este. Tampoco aparece en el canon holmesiano la famosa expresión: “Elemental, mi querido Watson” que se debe a una de las muchas películas que de Holmes se han realizado, en concreto la titulada en España Sherlock Holmes  contra Moriarty y en Hispanoamérica Las aventuras de Sherlock Holmes (The Adventure of Sherlock Holmes, 1939 dirigida por Alfred L. Werker). Curiosamente esta película ya ha sido objeto de análisis en este mismo blog, en la entrada del 10 de marzo de 2017: Sherlock Holmes contra las Clausulas Suelo.

Pero como digo, nada que un acceso a una obra de referencia adecuada no hubiera arreglado rápidamente. Pero lo que sigue tiene peor solución:

“… harto de él, Doyle decide matarlo, y en su novela El problema final Sherlock Holmes muere al caer por un precipicio cuando lucha con su enemigo mortal, Moriarty. Sin embargo, al publicar la novela Conan Doyle recibe miles de cartas en las que se le reprocha tal “asesinato”. Las presiones sociales son tan fuertes que se ve obligado a resucitarlo, imagino que a su pesar, en su siguiente relato, La casa vacía.  …”
Sherlock muere al caer a las cataratas de Reichenbach (Suiza) no en un vulgar precipicio. El cuento “El problema final” (The Final Problem, diciembre 1893)  se publicó en la revista The Strand Magazine como toda la obra de Sherlock y es más tarde cuando se edita la antología en formato libro: Las memorias de Sherlock Holmes (The Memoirs of Sherlock Holmes, 1894). Como vengo diciendo todo fácilmente subsanable cono una buena fuente de información.

Aunque es algo muy extendido, como el “elemental, querido Watson” y la fecha de nacimiento, es falso que Doyle cediese a las presiones sociales que le reprochaban el asesinato de Holmes...  o mucho han cambiado las presiones sociales desde entonces. La siguiente obra publicada por Doyle, con Sherlock como personaje, es El sabueso de los Baskerville (The Hound of the Baskervilles) que empezó a publicarse por entregas en agosto de 1901 hasta abril de 1902 en The Strand Magazine  como siempre y rápidamente publicada como libro en 1902, al tratarse de una novela. 

Doyle tardo 7 años y 9 meses en volver a publicar un texto de Sherlock tras su muerte. Dudo mucho que este plazo de tiempo pueda ser considerado responder a una presión social. Sin embargo Doyle no resucitó a Sherlock, pues esta narración se sitúa en un tiempo narrativo previo a su muerte en las cataratas suizas. Por lo que podemos considerar que Sherlock seguía muerto, y bien muerto.

La resurrección de Sherlock Holmes se produce tal y como apunta a Juan José, en el cuento “La casa vacía”, más conocida como “La casa deshabitada” (The Adventure of the Empty House, octubre de 1903, se publica en una antología en febrero de 1905 bajo el título El regreso de Sherlock Holmes (The Return of Sherlock Holmes)), dónde ahora sí Sherlock vuelve a la vida como un bíblico Lázaro. Han pasado 8 años y 11 meses desde su muerte. Sin duda la razón de la resurrección de Sherlock no debe buscarse en la presión social ni en nada parecido. Pero los motivos de su vuelta de entre los muertos bien merecen otro detallado análisis, en otro momento y quizás en otro lugar.

En cualquier caso nada desautoriza el extracto del conciso y brillante ensayo de Juan José Millás que ahora sigue.

By PacoMan

Para leer el ensayo completo de Juan José Millás: Introducción a la novela policíaca siga este enlace.

El doble, el mismo

Veamos finalmente una cuestión que posee un gran atractivo y de la que se han ocupado algunos psicólogos: las relaciones entre estos personajes míticos, los detectives de ficción, con sus propios creadores.

He titulado esta parte como «el doble, el mismo», porque tal es la sensación que me producen: que son el doble de sus autores y que la relación prolongada con ellos lleva inevitablemente a la confusión de personalidades, situación ésta difícil de soportar para el ser humano. Sobre todo, cuando el doble alcanza más fama que uno mismo, su propio creador.

Por otra parte, no hay duda de que todo escritor proyecta sobre sus personajes elementos que proceden de su propia personalidad. El problema surge cuando estos personajes crecen por su cuenta escapando al dominio de sus creadores. La relación con el doble es siempre ambivalente; de un lado, se le ama; de otro, se le odia. Si el personaje crece más de la cuenta relegando a su autor a un segundo plano, parece que la única salida posible es el «asesinato».

Maurice Leblanc decía de Arsenio Lupin: «Me sigue a todas partes; más que ser una sombra mía, he acabado por convertirme yo en una sombra suya.» Más conocida y reveladora es la anécdota relativa a Conan Doyle y Sherlock Holmes: harto de él, Doyle decide matarlo, y en su novela El problema final Sherlock Holmes muere al caer por un precipicio cuando luchaba con su enemigo mortal, Moriarty. Sin embargo, al publicarse la novela Conan Doyle recibe miles de cartas en las que se le reprocha tal «asesinato». Las presiones sociales son tan fuertes que se ve obligado a resucitarlo, imagino que a su pesar, en su siguiente relato, La casa vacía. En esta divertida novela, en la que vemos sufrir como a nadie al doctor Watson, Holmes acaba explicando que en realidad había conseguido cogerse a un saliente del precipicio, evitando la caída, pero que había preferido hacerse pasar por muerto, utilizando diversos disfraces, para mejor luchar contra Moriarty.

Más enigmático resulta todavía el caso de Agatha Christie y su personaje, el belga Poirot. Como sabemos, en el año 1976 esta escritora publica una novela titulada Telón, en la que hace morir a Poirot, que además se había pasado al «otro lado», como muestra de la ambigüedad moral que caracteriza siempre a los defensores del orden establecido. Parecía que Agatha Christie no estaba dispuesta a que el gordo detective belga la sobreviviera. Efectivamente, a los pocos meses de la aparición de esta novela ella murió también. Lo más sorprendente sin embargo es que, según declaraciones de la propia escritora, Telón estaba escrita desde 1940, y en principio parece que su deseo era que se publicara después de su muerte. Podemos ver aquí un caso de odio anticipado. Parece como si la joven Agatha Christie de 1940 supiera ya que Poirot iba a usurpar una gloria que sólo a ella pertenecía, y decide matarlo antes de dejarlo crecer. Poirot aparecerá desde 1940 en un sinfín de novelas, pero ya es un cadáver. No es un condenado a muerte; está muerto. Imagino lo que disfrutaría Agatha Christie con su secreto y lo que éste supondría como alimento de una perversidad que todos llevamos dentro.

También en el caso de Poirot, como en el de Sherlock Holmes, se produjeron infinidad de reacciones y su muerte ocupó durante semanas las páginas de muchos periódicos y revistas. Lo que revela que por parte del lector se producen con sus personajes de ficción favoritos relaciones complejas, en las que como en las novelas, como en la realidad también, la vida y la muerte, el bien y el mal, se convierten en las dos caras de una misma moneda.

Juan José Millás



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by PacoMan 

En 1968 nace. Reside en Málaga desde hace más de tres lustros.

Economista y de vocación docente. En la actualidad, trabaja de Director Técnico.


Aficionado a la Ciencia Ficción desde antes de nacer. Muy de vez en cuando, sube post a su maltratado blog.

Y colabora con el blog de Grupo Li Po



jueves, 1 de febrero de 2018

José Martí: Para Cecilio Acosta el Universo fue casa; su Patria, aposento; la Historia, madre; y los hombres hermanos



Estimados Amigos

Hoy primero de febrero de 2018 se cumplen 200 años del nacimiento del  escritor, periodista, abogado, filósofo y humanista y venezolano ejemplar Cecilio Acosta. Este magno acontecimiento, excepto por algunos casos, esta signado por el silencio del gobierno actual y sus instituciones, como supusimos el año pasado cuando el gobierno ensalzaba a diestra y siniestra la figura de Ezequiel Zamora,  un lider dentro de la facción federal en la Guerra Larga o Federal



Hablando con sinceridad la apología constante que hacen las estructuras del gobierno por mantener nuestro imaginario nacional anclado en las figuras guerreras de próceres independentista y de de otros procesos de cambio. Quieren hacernos creer que solo gracias a la ayuda de esos guerreros es que existe este atribulado país, manteniendo en el olvido institucional todos esos próceres civiles que dieron un aporte muy grande en la conformación de nuestra nación. Por esta razón el Grupo Li Po se une alrededor del rescate de está figura fundamental en la creación de una autopercción que nos permita contrarestar la nefasta tradición de celebrar  unicamente los aportes militares. Por esta razón hoy tomamos la honrosa resolución de marcar lo que debería ser una tendencia dominante en los diversos estratos sociales que conforman nuestra sociedad: La de dar el honor a todos esos próceres que muchas veces no cargaron un fúsil si no que se dedicaron a construir un país con ideas, pluma y papel.



Ahora como modesto homenaje a la figura de Cecilio Acosta compartimos el texto que le escribió el escritor cubano José Martí y que causó su expulsión de Venezuela durante el gobierno de Antonio Guzmán Blanco. El texto apareció publicado en la Revista Venezolana número 2.



Richard Montenegro

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Ya está hueca, y sin lumbre, aquella cabeza altiva, que fue cuna de tanta idea grandiosa; y mudos aquellos labios que hablaron lengua tan varonil y tan gallarda; y yerta, junto a la pared del ataúd, aquella mano que fue siempre sostén de pluma honrada, sierva de amor y al mal rebelde. Ha muerto un justo: Cecilio Acosta ha muerto. Llorarlo fuera poco. Estudiar sus virtudes e imitarlas es el único homenaje grato a las grandes naturalezas y digno de ellas. Trabajó en hacer hombres; se le dará gozo con serlo. ¡Qué desconsuelo ver morir, en lo más recio de la faena, a tan gran trabajador!

Sus manos, hechas a manejar los tiempos, eran capaces de crearlos.

Para él el Universo fue casa; su Patria, aposento; la Historia, madre; y los hombres hermanos, y sus dolores, cosas de familia que le piden llanto. El lo dio a mares. Todo el que posee en demasía una cualidad extraordinaria, lastima con tenerla a los que no la poseen; y se le tenía a mal que amase tanto. En cosas de cariño, su culpa era el exceso. Una frase suya da idea de su modo de querer: “oprimir a agasajos”. El, que pensaba como profeta, amaba como mujer. Quien se da a los hombres es devorado por ellos, y él se dio entero; pero es ley maravillosa de la naturaleza que sólo esté completo el que se da; y no se empieza a poseer la vida hasta que no vaciamos sin reparo y sin tasa, en bien de los demás, la nuestra. Negó muchas veces su defensa a los poderosos; no a los tristes. A sus ojos, el más débil era el más amable. Y el necesitado, era su dueño. Cuando tenía que dar, lo daba todo; y cuando nada ya tenía, daba amor y libros. iCuánta memoria famosa de altos cuerpos del Estado pasa como de otro y es memoria suya! iCuánta carta elegante, en latín fresco, al Pontífice de Roma, y son sus cartas! ¡Cuánto menudo artículo, regalo de los ojos, pan de mente, que aparecen como de manos de estudiantes, en los periódicos que éstos dan al viento, y son de aquel varón sufrido, que se los dictaba sonriendo, sin violencia ni cansancio, ocultándose para hacer el bien, y el mayor de los bienes, en la sombra! ¡Qué entendimiento de coloso! iqué pluma de oro y seda! y iqué alma de paloma!


El no era como los que leen un libro, entrevén por los huecos de la letra el espíritu que lo fecunda y lo dejan que vuele, para hacer lugar a otro, como si no hubiesen a la vez en su cerebro capacidad más que para una sola ave. Cecilio volvía el libro al amigo y se quedaba con él dentro de sí; y lo hojeaba luego diestramente, con seguridad y memoria prodigiosas. Ni pergaminos, ni elzevires, ni incunables, ni ediciones esmeradas, ni ediciones príncipes, veíanse en su torno; ni se veían, ni las tenía. Allá en un rincón de su alcoba húmeda se enseñaban, como auxiliadores de memoria, voluminosos diccionarios; mas todo estaba en él. Era su mente como ordenada y vasta librería donde estuvieran por clases los asuntos, y en anaquel fijo los libros, y a la mano la página precisa; por lo que podía decir su hermano, el fiel Don Pablo, que, no bien se le preguntaba de algo grave, se detenía un instante, como si pasease por los departamentos y galerías de su cerebro y recogiese de ellos lo que hacía al sujeto, y luego, a modo de caudaloso río de ciencia, vertiese con asombro del concurso límpidas e inexhaustas enseñanzas.

Todo pensador enérgico se sorprenderá y quedará cautivo y afligido viendo en las obras de Acosta sus mismos osados pensamientos. Dado a pensar en algo, lo ahonda, percibe y acapara todo. Ve lo suyo y lo ajeno, como si lo viera de montaña. Está seguro de su amor a los hombres, y habla como padre. Su tono es familiar, aun cuando trate de los más altos asuntos en los senados más altos. Unos perciben la composición del detalle, y son los que analizan, y como los soldados de la inteligencia; y otros descubren la ley del grupo, y son los que sintetizan, y como los legisladores de la mente. El desataba y ataba. Era muy elevado su entendimiento para que se lo ofuscara el detalle nimio, y muy profundo para que se eximiera de un minucioso análisis. Su amor a las leyes generales, y su perspicacia asombrosa para asirlas no mermaron su potencia de escrutación de los sucesos, que son como las raíces de las leyes, sin conocer las cuales no se ha de entrar a legislar, por cuanto pueden colgarse de las ramas frutos de tanta pesadumbre que, por no tener raíz que los sustente, den con el árbol en tierra. Todo le atrae y nada le ciega. La antigüedad le enamora, y él se da a ella como a madre; y como padre de familia nueva, al porvenir. En él no riñen la odre clásica y el mosto nuevo; sino que, para hacer mejor el vino, lo echa a bullir con la substancia de la vieja copa. Sus resúmenes de pueblos muertos son nueces sólidas, cargadas de las semillas de los nuevos. Nadie ha sido más dueño del pasado; ni nadie—¡singular energía, a muy pocos dada!—ha sabido libertarse mejor de sus enervadoras seducciones. “La antigüedad es un monumento, no una regla; estudia mal quien no estudia el porvenir”. Suyo es el arte, en que a ninguno cede, de las concreciones rigurosas. El exprime un reinado en una frase, y es su esencia; él resume una época en palabras, y es su epitafio; él desentraña un libro antiguo, y da en la entraña. Da cuenta del estado de estos pueblos con una sola frase: “en pueblos como los nuestros, que todos, más que dan, reciben los impulsos ajenos”. Sus juicios de lo pasado son códigos de lo futuro. Su ciencia histórica aprovecha, porque presenta de bulto y con perspectiva los sucesos, y cada siglo trae de la mano sus lecciones. El conoce las vísceras, y alimentos, y funciones de los pueblos antiguos, y la plaza en que se reunían, y el artífice que la pobló de estatuas, y la razón de hacer fortaleza del palacio, y el temple y resistencia de las armas. Es a la par historiador y apóstol, con lo que templa el fuego de la profecía con la tibieza de la historia, y anima con su fe en lo que ha de ser la narración de lo que ha sido. Da aire de presente, como estaba todo en su espíritu, a lo antiguo. Era de esos que han recabado para sí una gran suma de vida universal y lo saben todo, porque ellos mismos son resúmenes del universo en que se agitan, como es en pequeño todo pequeño hombre. Era de los que quedan despiertos cuando todo se reclina a dormir sobre la tierra.

Sabe del Fuero Aniano como del Código Napoleónico; y por qué ardió Safo, y por qué consoló Bello. Chindasvinto le fue tan familiar como Cambaceres; en su mente andaban a la par el Código Hermogeniano, los Espejos de Suavia y el proyecto de Goyena. Subía con Moratín aquella alegre casa de Francisca, en la clásica calle de Hortaleza; y de tal modo conocía las tiendas celtas, que no salieran, mejor que de su pluma, de los pinceles concienzudos del recio Alma Tatema. Aquel creyente cándido era en verdad un hombre poderoso.

¡Qué leer! Así ha vivido: de los libros hizo esposa, hacienda e hijos. Ideas: ¿qué mejores criaturas? Ciencia: ¿qué dama más leal ni más prolífica? Si le encendían anhelos amorosos, como que se entristecía de la soledad de sus volúmenes, y volvía a ellos con ahínco, porque le perdonasen aquella ausencia breve. Andaba en trece años y ya había comentado en numerosos cuadernillos una obra en boga entonces: Los eruditos a la violeta. Seminarista luego, cuatro dos más tarde, establece entre sus compañeros clases de Gramática, de Literatura, de Poética, de Métrica. Se aplicaba a las ciencias; sobresalía en ellas; el ilustre Cajigal le da sus libros, y él bebe ansiosamente en aquellas fuentes de la vida física y logra un título de agrimensor. La iglesia le cautiva, y aquellos serenos días, luego perdidos, de sacrificio y mansedumbre; y lee con avaricia al elegante Basilio, al grave Gregorio, al desenfadado Agustín, al osado Tomás, al tremendo Bernardo, al mezquino Sánchez; bebe vida espiritual a grandes sorbos. Tiene el talento práctico como gradas o peldaños, y hay un talentillo que consiste en irse haciendo de dineros para la vejez, por más que aquí la limpieza sufra, y más allá la vergüenza se oscurezca; y hay otro, de más alta valía, que estriba en conocer y publicar las grandes leyes que han de torcer el rumbo de los pueblos, en su honra y beneficio. El que es práctico así, por serlo mucho en bien de los demás no lo es nada en bien propio. Era, pues, Cecilio Acosta, ¡quién lo dijera, que lo vio vivir y morir! un grande hombre práctico. Se dio, por tanto, al estudio del Derecho, que asegura a los pueblos y refrena a los hombres. Inextinguible amor de belleza consumía su alma, y fue la pura forma su Julieta, y ha muerto el gran desventurado trovando amor al pie de sus balcones. ¡Qué leer! Así los pensamientos, mal hallados con ser tantos y tales en cárcel tan estrecha, como que empujaban su frente desde adentro y la daban aquel aire de cimbria.

Nieremberg vivió enamorado de Quevedo, y Cecilio Acosta enamorado de Nieremberg. El Teatro de la Elocuencia de Capmany le servía muchas veces de almohada. Desdeñaba al lujoso Solís y al revuelto Góngora, y le prendaba Moratín, como él, encogido de carácter, y como él, terso en el habla y límpido. Jovellanos le saca ventaja en sus artes de vida y en el empuje humano con que ponía en práctica sus pensamientos; pero Acosta, que no le dejaba de la mano, le vence en castidad y galanura, y en lo profundo y vario de su ciencia. Lee ávido a Mariana, enardecido a Hernán Pérez, respetuoso a Hurtado de Mendoza. Ante Calderón se postra. No halla rival para Gallegos y le seducen y le encienden en amores la rica lengua, salpicada de sales, de Sevilla, y el modo ingenuo y el divino hechizo de los dos mansos Luises, tan sanos y tan tiernos.

Familiar le era Virgilio, y la flautilla de caña, y Corydón, y Acates; él supo la manera con que Horacio llama a Telephus, o celebra a Lydia, o invita a Leuconoe a beber de su mejor vino y a encerrar sus esperanzas de ventura en límites estrechos. Le deleitaba Propercio, por elegante; huía de Séneca, por frío; le arrebataba y le henchía de entusiasmo Cicerón. Hablaba un latín puro, rico y agraciado, no el del Foro del Imperio, sino el del Senado de la República; no el de la casa de Claudio, sino el de la de Mecenas. Huele a mirra y a leche aquel lenguaje, y a tomillo y verbena.

Si dejaba las Empresas de Saavedra, o las Obras y Días, o el Sí de las niñas, era para hojear a Vattel, releer el libro de Segur, reposar en Los Tristes de Ovidio, pensar, con los ojos bajos y la mente alta, en las verdades de Keplero, y asistir al desenvolvimiento de las leyes, de Carlomagno a Thibadiau, de Papiniano a Heineccio, de Nájera a las Indias.

Las edades llegaron a estar de pie y vivas, con sus propios colores y especiales arreos, en su cerebro: así, él miraba en sí, y como que las veía íntegramente, y cada una en su puesto, y no confundidas, como confunde el saber ligero, con las otras,—hojear sus juicios es hojear los siglos. Era de los que hacen proceso a las épocas, y fallan en justicia. El ve a los siglos como los ve Weber; nob en sus batallas, ni luchas de clérigos y reyes, ni dominios y muertes, sino parejos y enteros, por todos sus lados, en sus sucesos de guerra y de paz, de poesía y de ciencia, de artes y costumbres; él toma todos las historias en su cuna y las desenvuelve paralelamente; él estudia a Alejandro y Aristóteles, a Pericles y a Sócrates, a Vespasiano y a Plinio, a Vercingetorix y a Velleda, a Augusto y o Horacio, a Julio II y a Buonarrotti, a Elizabeth y a Bacon, a Luis XI y a Frollo, a Felipe y a Quevedo, al Rey Sol y a Lebrún, a Luis XVI y a Nécker, o Washington y a Franklin, a Hayes y a Ediaon. Lee de mañana las Ripuarias, y escribe de tarde los estatutos de un montepío; deja las Capitulares de Carlomagno, hace un epitafio en latín a su madre amadísima, saborea una página de Diego de Valera, dedica en prenda de gracias una carta excelente a la memoria de Ochoa, a Campoamor y a Cueto, y antes de que cierre la noche—que él no consagró nunca a lecturas—echa las bases de un banco, o busca el modo de dar rieles a un camino férreo.

Son los tiempos como revueltas sementeras, donde han abierto surco, y regado sangre, y echado semillas, ignorados y oscuros labriegos; y después vienen grandes segadores, que miden todo el campo de una ojeada, empuñan hoz cortante, siegan de un solo vuelo la mies rica y la ofrecen en bandejas de libros a los que afilan en los bancos de la escuela la cuchilla para la siembra venidera. Así Cecilio. El fue un abarcador y un juzgador. Como que los hombres comisionan, sin saberlo ellos mismos, a alguno de entre ellos para que se detenga en el camino que no cesa y mire hacia atrás, para decirles cómo han de ir hacia adelante; y los dejan allí en alto, sobre el monte de los muertos, a dar juicio; mas ¡ay! que a estos veedores acontece que los hombres ingratos, atareados como abejas en su faena de acaparar fortuna, van ya lejos, muy lejos, cuando aquel a quien encargaron de su beneficio y dejaron atrás en el camino les habla con alarmas y gemidos, y voz de época. Pasa de esta manera a los herreros, que asordados por el ruido de sus yunques, no oyen las tempestades de la villa; ni los humanos, turbados por las hambres del presente, escuchan los acentos que por boca de hijos inspirados echa delante de sí lo por venir.

Lo que supo, pasma. Quería hacer la América próspera y no enteca; dueña de sus destinos, y no atada, como reo antiguo, a la cola de los caballos europeos. Quería descuajar las universidades, y deshelar la ciencia, y hacer entrar en ella savia nueva: en Aristóteles, Huxley; en Ulpiano, Horace Greeley y Amasa Walker; del derecho, “lo práctico y tangible”: las reglas internacionales, que son la paz, “la paz, única condición y único camino para el adelanto de los pueblos”; la Economía Política, que tiende a abaratar frutos de afuera y a enviar afuera, en buenas condiciones, los de adentro. Anhelaba que cada uno fuese autor de sí, no hormiga de oficina, ni momia de biblioteca, ni máquina de interés ajeno; “‘el progreso es una ley individual, no ley de los gobiernos”; “la vida es obra”. Cerrarse a la ola nueva por espíritu de raza, o soberbia de tradición, o hábitos de casta, le parecía crimen público. Abrirse, labrar juntos, llamar a la tierra, amarse, he aquí la faena: “el principio liberal es el único que puede organizar las sociedades modernas y asentarlas en su caja”. Tiene visiones plácidas, en siglos venideros, y se inunda de santo regocijo: “la conciencia humana es tribunal; la justicia, código; la libertad triunfa, el espíritu reina”. Simplifica, por eso ahonda: “La historia es el ser interior representado”. Para él es usual lo grandioso, manuable lo difícil y lo profundo transparente. Habla en pro de los hombres y arremete contra estos brahmanes modernos y magos graves que guardan para sí la magna ciencia; él no quiere montañas que absorban los llanos, necesarios al cultivo; él quiere que los llanos suban, con el descuaje y nivelación de las montañas. Un grande hombre entre ignorantes sólo aprovecha a sí mismo: “los medios de ilustración no deben amontonarse en las nubes, sino bajar, como la lluvia, a humedecer todos los campos”. “La luz que aprovecha más a una nación no es la que se concentra, sino la que se difunde”. Quiere a los americanos enteros: “la República no consiste en abatir, sino en exaltar los caracteres para la virtud”. Mas no quiere que se hable con aspereza a los que sufren: “hay ciertos padecimientos, mayormente los de familia: que deben tratarse con blandura”. De América nadie ha dicho más: “pisan las bestias oro, y es pan todo lo que se toca con las manos”. Ni de Bolívar: “la cabeza de los milagros y la lengua de las maravillas”. Ni del cristianismo: “el cristianismo es grande, porque es una preparación para la muerte”. Y está completo, con su generosa bravura, amor de lo venidero y forma desembarazada y elegante, en este reto noble: “y si han de sobrevenir decires, hablillas y calificaciones, más consolador es que le pongan a uno del lado de la electricidad y el fósforo, que del lado del jumento, aunque tenga buena albarda, el pedernal y el morrión”.

Más que del Derecho Civil, personal y sencillo, gustaba del derecho de las naciones, general y grandioso. Como la pena injusta le exaspera, se da al estudio asiduo del Derecho Penal, para hacer bien. Suavizar: he aquí para él el modo de regir. Filangieri le agrada; con Roeder medita. Lee en latín a Leibnitz, en alemán a Seesbohm, en inglés a Wheaton, en francés a Chevalier; a Camazza Amari en italiano, a Pinheiro Ferreyra en portugués. Asiie a las lecciones de Bluntschli en Heidelberg, y en Basilea a las de Feichmann. Con Heffter busca causas; con Wheaton junta hechos; con Calvo colecciona las reglas afirmadas por los escritores; con Bello acendra su juicio; con todos suspira por el sosiego y paz del universo. Aplaude con intimo júbilo los esfuerzos de Cobden, y Mancini, y Van Eck, y Bredino por codificar el Derecho de Gentes. Dondequiera que se pida la paz, está él pidiendo. El pone mente y pluma al servicio de esta alta labor. Hay en Filadelfia una liga para la paz universal, y él la estudia anhelante, y la Liga Cósmica de Roma, y la de Paz y Libertad de Ginebra, y el Comité de Amigos de la Paz, donde habla Stürm. El piensa, en aborrecimiento de la sangre, que con tal de que esta no sea vertida, sino guardada a darnos fuerza para ir descubriéndonos a nosotros mismos,—lo que urge, y contra lo cual nos empeñamos,— buenos fueran los congresos anuales de Lorimer, o el superior de Hegel, o el Areópago de Bluntschli. En 1873 escucha ansioso las solemnes voces de Calvo, Pierantoni, Lorimer, Mancini, juntos para pensar en la manera de ir arrancando cantidad de fiera al hombre; icuán bien hubiera estado Cecilio Acosta entre ellos! De estos problemas, todos los cuenta como suyos, y se mueve en ellos y en sus menores detalles con singular holgura. De telégrafos, de correos, de sistema métrico, de ambulancias, de propiedad privada: de tanto sabe y en todo da atinado parecer y voto propio. En espíritu asiste a los congresos donde tales asuntos, de universal provecho, se debaten; y en el de Zurich, palpitante y celoso está él en ment
e, con el Instituto de Derecho Internacional, nacido a quebrar fusiles, amparar derechos y hacer paces. Bien puede Cecilio hacer sus versos, de aquellos muy galanos, y muy honrados, y muy sentidos que él hacía; que, luego de pergeñar un madrigal, recortar una lira o atildar un serventesio, abre a Lastarria, relee a Bello, estudia a Arosemena. La belleza es su premio y su reposo; mas la fuerza, su empleo.

Y icómo alternaba Acosta estas tareas y de lo sencillo sacaba vigor para lo enérgico! ¡cómo, en vez de darse al culto seco de un aspecto del hombre, ni agigantaba su razón a expensas del sentimiento, ni hinchaba éste con peligro de aquélla, sino que con las lágrimas generosas que las desventuras de los poetas o de sus seres ficticios le arrancaban, suavizaba los recios pergaminos en que escribe el derecho sus anales! Ya se erguía con Esquilo y braceaba como Prometeo para estrujar al buitre; ya lloraba con Shakespeare y veía su alcoba sembrada de las flores de la triste Ofelia; ya se veía cubierto de lepra como Job, y se apretaba la cintura, porque su cuerpo, como junco que derriba el viento fuerte, era caverna estrecha para eco de la voz de Dios, que se sienta en la tormenta, le conoce y le habla; ya le exalta y acalora Víctor Hugo, que renueva aquella lengua encendida y terrible que habló Jehová al hijo de Edom.

Esta lectura varia y copiosísima; aquel mirar de frente, y con ojos propios, en la naturaleza, que todo lo enseña; aquel rehuir el juicio ajeno, en cuanto no estuviese confirmado en la comparación del objeto juzgado con el juicio; aquella independencia provechosa, que no le hacía siervo, sino dueño; aquel beber la lengua en sus fuentes, y no en preceptistas autócratas ni en diccionarios presuntuosos, y aquella ingénita dulzura que daba a su estilo móvil y tajante todas las gracias femeniles, —fueron juntos los elementos de la lengua rica que habló Acosta, que parecía bálsamo, por lo que consolaba; luz, por lo que esclarecía; plegaria, por lo que se humillaba; y ora arroyo, ora río, ora mar desbordado y opulento, reflejador de fuegos celestiales. No escribió frase que no fuese sentencia, adjetivo que no fuese resumen, opinión que no fuese texto. Se gusta como un manjar aquel estilo; y asombra aquella naturalísima manera de dar casa a lo absoluto y forma visible a lo ideal, y de hacer inocente y amable lo grande. Las palabras vulgares se embellecían en sus labios, por el modo de emplearlas. Trozos suyos enteros parecen, sin embargo, como flotantes, y no escritos, en el papel en que se leen; o como escritos en las nubes, porque es fuerza subir a ellas para entenderlos; y allí están claros. Y es que, quien desde ellas ve, entre ellas tiene que hablar; hay una especie de confusión que va irrevocablemente unida, como señal de altura y fuerza, a una legítima superioridad. Pero ¡qué modo de vindicar, con su sencillo y amplio modo, aquellas elementales cuestiones que, por sabidas de ellos, aunque ignoradas del vulgo que debe saberlas, tienen ya a menos tratar los publicistas! Otros van por la vida a caballo, entrando por el estribo de plata la fuerte bota, cargada de ancha espuela; y él iba a pie, como llevado de alas, defendiendo a indígenas, amparando a pobres, arropado en su virtud más que en sus escasas ropas, puro como un copo de nieve, inmaculado como vellón de cabritilla no nacido. Unos van enseñándose, para que sepan de ellos; y él escondiéndose, para que no le vean. Su modestia no es hipócrita, sino pudorosa; no es mucho decir que fue de virgen su decoro y se erguía, cuando lo creía en riesgo, cual virgen ofendida: “Lo que yo digo, perdura.” “Respétese mi juicio, porque es el que tengo de buena fe.” Su frente era una bóveda; sus ojos, luz ingenua; su boca, una sonrisa. Era en vano volverle y revolverle; no se veían manchas de lodo. Descuidaba el traje externo, porque daba todo su celo al interior; y el calor, abundancia y lujo de alma le eran más caros que el abrigo y el fausto del cuerpo. Compró su ciencia a costa de su fortuna; si es honrado y se nace pobre, no hay tiempo para ser sabio y ser rico. iCuánta batalla ganada supone la riqueza! iy cuánto decoro perdido! ¡y cuántas tristezas de la virtud y triunfos del mal genio! ¡y cómo, si se parte una moneda, se halla amargo, y tenebroso, y gemidor su seno! A él le espantaban estas recias lides, reñidas en la sombra; deseaba la holgura, mas por cauces claros; se placía en los combates, mas no en esos de vanidades ruines o intereses sórdidos, que espantan el alma, sino en esos torneos de inteligencia, en que se saca en el asta de la lanza una verdad luciente, ¡y se la rinde, trémulo de júbilo, debajo de los balcones de la patria! El era “hombre de discusión, no de polémica estéril y deshonrosa con quien no ama la verdad, ni lleva puesto el manto del decoro.” Cuando imaginador, ¡qué vario y fácil! como que no abusaba de las imaginaciones y las tomaba de la naturaleza, le salían vivas y sólidas. Cuando enojado, iqué expresivo! su enojo es dantesco; sano, pero fiero; no es el áspero de la ira, sino el magnánimo de la indignación. Cuanto decía en su desagravio llevaba señalado su candor; que parecía, cuando se enojaba, como que pidiese excusa de su enojo. Y en calma como en batalla iqué abundancia! iqué desborde de ideas, robustas todas! iqué riqueza de palabras galanas y macizas! ¡qué rebose de verbos! Todo el proceso de la acción está en la serie de ellos, en que siempre el que sigue magnifica y auxilia al que antecede. ¡En su estilo se ve cómo desnuda la armazón de los sucesos, y a los obreros trabajando por entre los andamios; se estima la fuerza de cada brazo, el eco de cada golpe, la intima causa de cada estremecimiento! A mil ascienden las voces castizas, no contadas en los diccionarios de la Academia, que envió a ésta como en cumplimiento de sus deberes y en pago de los que él tenía por favores. Verdad que él había leído en sus letras góticas La Danza de la Muerte, y huroneado en los desvanes de Villena, y decía de coro las Rosas de Juan de Timoneda, o el entremés de los olivos. Nunca premio fue más justo, ni al obsequiado más grato, que ese nombramiento de académico con que se agasajó a Cecilio Acosta. Para él era la Academia como novia, y ponía en tenerla alegra su gozo y esmero; y no que, como otros, estimase que para no desmerecer de su concepto es fuerza cohonestar los males que a la Península debemos y aún nos roen, y hacer enormes, para agradarla, beneficios efímeros; sino que, sin sacrificarle fervor americano ni verdad, quería darle lo mejor de lo suyo, porque juzgaba que ella le había dado más de lo que él merecía, y andaba como amante casto y fino, a quien nada parece bien para su dama. iCuán justo fue aquel homenaje que le tributó, con ocasión del nombramiento, la Academia de Ciencias Sociales y Bellas Letras de Caracas! icuán acertadas cosas dijo en su habla excelente, del recipiendario, el profundo Rafael Seijas! lcuántos lloraron en aquella justa y ternísima fiesta! iY aquel discurso de Cecilio, que es como un vuelo de águila por cumbres! iy la procesión de elevadas gentes que le llevó, coreando su nombre, hasta su angosta casa! iy aquella madrecita llena toda de lágrimas, que salió a los umbrales a abrazarle, y le dijo con voces jubilosas: “Hijo mío: he tenido quemados los santos para que te sacasen en bien de esta amargura”!

Murió al fin la buena anciana, dejando, más que huérfano, viudo al casto hijo, que en sus horas de plática o estudio, como romano entre sus lares, envuelto en su ancha capa, reclinado en su vetusto taburete, revolviendo, como si tejiese ideas, sus dedos impacientes, hablaba de altas cosas, a la margen de aquella misma mesa, con su altarcillo de hoja doble, y el Cristo en el fondo, y ambas hojas pintadas, y la luz entre ambas, coronando el conjunto, a este lado y aquel de las paredes, de estampas de Jesús y de María, que fueron regocijo, fe y empleo de la noble señora, a cuya muerte, en carta que pone pasmo por lo profunda y reverencia por lo tierna, pensó cosas excelsas el buen hijo, en respuesta a otras conmovedoras que le escribió, en son de pésame, Riera Aguinagalde.

No concibió cosa pequeña, ni comparación mezquina, ni oficio bajo de la mente, ni se encelaba del ajeno mérito, antes se daba prisa a enaltecerlo y publicarlo. Andaba buscando quien valiese, para decir por todas partes bien de él. Para Cecilio Acosta, un bravo era un Cid; un orador, un Demóstenes; un buen prelado, un San Ambrosio. Su timidez era igual a su generosidad; era él un padre de la Iglesia, por lo que entrañaba en ella, sabía de sus leyes y aconsejaba a sus prohombres; y parecía cordero atribulado, sorprendido en la paz de la majada por voz que hiere y truena, cuando entraba por sus puertas y rozaba los lirios de su patio con la fulgente túnica de seda un anciano arzobispo.

Visto de cerca iera tan humilde! sus palabras, que,—con ser tantas, que se rompían unas contra otras, como aguas de torrente,—eran menos abundantes que sus ideas, daban a su habla apariencia de defecto físico, que le venía de exceso, y bacía tartamudez la sobra de dicción. Aun, visto de lejos, ¡era tan imponente! su desenvoltura y donaire cautivaban y su visión de lo futuro entusiasmaba y encendía. Consolaba el espíritu su pureza; seducía el oído su lenguaje; iqué fortuna ser niño siendo viejo! ésa es la corona y la santidad de la vejez. El tenía la precisión de la lengua inglesa, la elegancia de la italiana, la majestad de la española.
Republicano, fue justo con los monarcas; americano vehementísimo, al punto de enojarse cuando se le hablaba de partir glorias con tierras que no fuesen esta suya de Venezuela, dibujaba con un vuelo arrogante de la pluma el paseo imperial de Bonaparte y vivía en la admiración ardorosa del extraordinario Garibaldi, que, sobre ser héroe, tiene un merecimiento singular: serlo en su siglo. El era querido en todas partes, que es más que conocido y más difícil. Colombia, esa tierra de pensadores, de Acosta tan amada, le veía con entrañable afecto, como viera al más glorioso de sus hijos; Perú, cuya desventura le movió a cólera santa, le leyó ansiosamente; de Buenos Aires le venían abrumadoras alabanzas. En España, como hechos a estas galas, saboreaban con deleite su risueño estilo y celebraban con pomposo elogio su fecunda ciencia; el premio de Francia le venía ya por los mares; en Italia era presidente de la Sociedad Filelénica, que llamó estupenda a su carta última; el Congreso de Literatos le tenía en su seno, el de Americanistas se engalanaba con su nombre; “acongojado hasta la muerte” le escribe Torres Caicedo, porque sabe de sus males; luto previo, como por enfermedad de padre, vistieron por Acosta los pueblos que le conocían. Y él, que sabía de artes como si hubiera nacido en casa de pintor, y de dramas y comedias como si las hubiera tramado y dirigido; él, que preveía la solución de los problemas confusos de naciones lejanas con tal soltura y fuerza que fuera natural tenerle por hijo de todas aquellas tierras, como lo era en verdad por el espíritu; él, que en época y limites estrechos, ni sujetó su anhelo de sabiduría, ni entrabó o cegó su juicio, ni estimó el colosal oleaje humano por el especial y concreto de su pueblo, sino que echó los ojos ávidos y el alma enamorada y el pensamiento portentoso por todos los espacios de la tierra; él no salió jamás de su casita oscura, desnuda de muebles como él de vanidades, ni dejó nunca la ciudad nativa, con cuyas albas se levantaba a la faena, ni la margen de este Catuche alegre, y Guaire blando y Anauco sonoroso, gala del valle, de la Naturaleza y de su casta vida. ¡Lo vio todo en sí, de grande que era!

Este fue el hombre, en junto. Postvió y previó. Amó, supo y creó. Limpió de obstáculos la vía. Puso luces. Vio por sí mismo. Señaló nuevos rumbos. Le sedujo lo bello; le enamoró lo perfecto; se consagró a lo útil, Habló con singular maestría, gracia y decoro; pensó con singular viveza, fuerza y justicia. Sirvió a la Tierra y amó al Cielo. Quiso a los hombres, y a su honra. Se hermanó con los pueblos y se hizo amar de ellos. Supo ciencias y letras, gracias y artes. Pudo ser Ministro de Hacienda y sacerdote, académico y revolucionario, juez de noche y soldado de día, establecedor de una verdad y de un banco de crédito. Tuvo durante su vida a su servicio una gran fuerza, que es la de los niños: su candor supremo; y la indignación, otra gran fuerza. En suma: de pie en su época, vivió en ella, en las que le antecedieron y en las que han de sucederle. Abrió vías, que habrán de seguirse; profeta nuevo, anunció la fuerza por la virtud y la redención por el trabajo. Su pluma siempre verde, como la de un ave del Paraíso, tenía reflejos de cielo y punta blanda. Si hubiera vestido manto romano, no se hubiese extrañado. Pudo pasearse, como quien pasea con lo propio, con túnica de apóstol. Los que le vieron en vida, le veneran; los que asistieron a su muerte, se estremecen. Su patria, como su hija, debe estar sin consuelo; grande ha sido la amargura de los extraños; grande ha de ser la suya. iY cuando él alzó el vuelo, tenía limpias las alas!

Revista Venezolana. Chacas, 15 de julio de 1881

 José Martí 


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Richard MontenegroPerteneció a la redacción de las revistas Nostromo y Ojos de perro azul; también fue parte de la plantilla de la revista universitaria de cultura Zona Tórrida de la Universidad de Carabobo. Es colaborador del blog del Grupo Li Po: http://grupolipo.blogspot.com/. Es autor del libro 13 fábulas y otros relatos, publicado por la editorial El Perro y la Rana en 2007 y 2008; es coautor de Antología terrorista del Grupo Li Po publicada por la misma editorial en 2008 , en 2014 del ebook Mundos: Dos años de Ficción Científica y en 2015 del ebook Tres años caminando juntos ambos libros editados por el Portal Ficción Científica. Sus crónicas y relatos han aparecido en publicaciones periódicas venezolanas tales como: el semanario Tiempo Universitario de la Universidad de Carabobo, la revista Letra Inversa del diario Notitarde, El Venezolano, Diario de Guayana y en el diario Ultimas Noticias Gran Valencia; en las revistas electrónicas hispanas Alfa Eridiani, Valinor. miNatura, Tiempos Oscuros y Gibralfaro, Revista de Creación Literaria y de Humanidades de la Universidad de Málaga y en portales o páginas web como la española Ficción Científica, la venezolana-argentina Escribarte y la colombiana Cosmocápsula.